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Los últimos y los primeros
Pensamiento de los Confines, septiembre de 2002


El mundo está por terminar, se nota. Cuando un mundo está por terminar hay estos movimientos, estas contracciones, estos espasmos. Se equivocaban aquellos que decían que el fin estaba lejano. Se hablaba de él desde hacía tanto tiempo que ya todos habían comenzado a ponerlo en duda. Se lo veía tan distante que su mera posibilidad era eterna; había nacido con el tiempo y moriría con él. De pronto el movimiento y el ruido se detuvieron, las máquinas dejaron de funcionar. Y en el completo silencio, alguien pudo escribir las palabras que sabía, las últimas palabras. El miedo entró en él, petrificó todos sus músculos, lo volvió una estatua. Entonces dijo la verdad, porque ya no quedaba nadie a quien mentirle. Las palabras son ahora como esos insectos locos que dan vueltas a la luz de la lámpara. La Tierra no es más que un soporte, un decorado lamentable a través del cual dejar señales de su paso, ciudades incendiadas.

Probablemente, la solución de un hombre por planeta es bastante natural e higiénica. Hasta el punto que cualquier otra solución resulta inconcebible, inverosímil. Que la Tierra se haya hecho para él, que Londres se haya levantado para que él pueda disfrutar del heroico espectáculo de su destrucción, que la historia haya existido con el objeto de acumular, para su satisfacción, sus inventos y reservas de vino, ya no le parece más extraordinario de lo que le parecería a un duque de otros tiempos ser el amo de unas tierras que sus antepasados le habían quitado a los que las tenían, matándolos. Ese es el decorado, el personaje y la acción ideales. Un mundo devastado, deshabitado, en silencio. La naturaleza, sin freno ni control, reproduciéndose a su antojo, invadiéndolo todo.
En otro lugar, muy lejos, hay otro hombre. Es de noche, en la llanura no se divisan más que algún que otro espejo negro de un lago. Busca incansablemente una luz, una señal de vida. Las extensiones son inmensas, inmóviles, y a falta de caballos para atravesarlas al galope, las distancias se cubren en bicicleta. Él avanza en medio de los signos, de tanto en tanto empuña su escopeta. Busca, incansablemente, una señal de vida. Pero contra la costumbre del otro solitario incendiario, éste busca una vida para aniquilarla de inmediato. Es bueno que el hombre esté solo, parece decir. Pero dice: "Es una suerte que todo haya terminado". Una sola persona ha sobrevivido a la catástrofe general producida por la guerra atómica y bacteriológica.

Una mujer se topa con una pared invisible, imposible de atravesar. Aceptó la invitación para acudir a la cabaña de unos amigos. Tras su llegada, la pareja anfitriona fue a hacer compras al pueblo cercano y no ha regresado. Ahora, detrás de ese muro invisible, reina una mudez cadavérica. Rodeada de unos pocos animales, la mujer se prepara para sobrevivir.

Lúcido, irónico, hipocondríaco, otro hombre decide ahogarse en un pequeño lago que está en el fondo de una caverna, en la montaña. Pero a último momento saborea un trago de cogñac y cambia de idea, vuelve sobre sus pasos. En ese breve intervalo, la especie humana desapareció, se volatilizó, se disipó. Todo el resto ha quedado intacto: las pantuflas al lado de la cama, el hueco mullido en los sillones, los utensilios bien dispuestos a ambos lados del plato.

En su ensayo "Robinson y los libros" Claudio Magris reclamaba una historia que jamás fue contada: "la historia de la absoluta soledad, de un hombre verdaderamente solo y carente de toda relación con los demás, aunque sea de un modo eventual o imaginable; la historia de un hombre solo como podría ser el primer habitante de la Tierra, ignorante de cualquier Dios e inconsciente de generar descendientes; o como podría serlo el último individuo del planeta, científicamente seguro de ser tal y de arrastrar consigo, en una eterna nada, toda la historia y la memoria de la vida humana".1 Para Magris, la literatura puede facilmente imaginar a un personaje semejante pero no puede penetrar en su pensamiento ni colocarse desde su punto de vista; "no puede hacernos vivir su historia ni mostrarnos el mundo con sus ojos y con sus sentimientos". Para él, ni siquiera el perfecto sobreviviente de una catástrofe cósmica está verdaderamente solo, "porque el narrador de esa soledad lo pone en relación, por lo menos, con los lectores de su ficción, insertándola en un contexto general en el cual ella ya no es absoluta y total; el propio autor es un compañero, un interlocutor para su personaje".2

En los cuatro casos enumerados (La nube púrpura, de M.P. Shiel;3 Espejos negros, de Arno Schmidt,4 El muro, de Marlene Haushofer5 y Dissipatio H.G., de Guido Morselli),6 los sobrevivientes escriben, y escriben para nadie. Conscientes de su más absoluta soledad se proponen dejar un último rastro de su paso por la Tierra. El intento ya de por sí es presuntuoso, pero los tres narradores evidencian un cierto desapego con una función "testimonial": escriben para nadie, la historia no los absolverá, sólo necesitan pasar el tiempo, dar cuenta de sus aventuras, de sus proyectos. En determinado momento el personaje solitario de Arno Schmidt se propone construir su propia casa. Durante páginas y páginas describe minuciosamente el proceso de elección del terreno, selección de las maderas (vigas abandonadas en una estación de tren cercana), su transporte, hasta el levantamiento de una cabaña a medida, con provisiones, muebles y decorados robados en Hamburgo. Pero al finalizar sucede lo imprevisto: el personaje en cuestión sale en busca de un número para el frente de su casa, la cifra mágica que la vuelve verosímil a sus propios ojos y a nadie más.

El personaje de La nube púrpura construye un castillo todo de oro. Saquea ciudades, tesoros públicos, funde y esculpe el castillo de sus sueños. Pero una vez que lo ha terminado toma consciencia de que su propio esfuerzo no lo llevó a ninguna parte, que sigue tan vacío y tan solo como antes. La mujer de El muro, en cambio, se limita a ocupar la cabaña de sus anfitriones. Su espíritu se adecua a la perfección al pacifismo natural, cría animales y, con el cambio de estación, emigra a una casa que se encuentra en la montaña. Escribe su diario, se preocupa por el destino de un gato. El personaje de Dissipatio H.G. se mueve en un mundo parecido: sus pulsiones violentas están aplacadas, cuando descubre una brizna de hierba creciendo en el cemento se sienta a contemplar cómo evoluciona. El de Espejos negros, en cambio, es casi el antihombre (y por eso mismo es el hombre por excelencia): no quiere compañía, es feliz en la soledad más absoluta.

Me pregunto qué haría el último hombre argentino. Seguramente se dedicaría a hacer estadísticas. Salvo los datos basados en experiencias personales, todo su saber procederá de los artículos periodísticos, por lo tanto, ningún origen científico. Leyendo diarios viejos necesitará tomar conciencia de que no se trata de páginas humorísticas. Las cifras, las cifras. Y resultados siempre considerados infalibles, tan falsos como los resultados de las estadísticas en épocas dictatoriales. A eso hay que agregar motivos puramente políticos que no sólo habrían distorsionado las estadísticas sino que incluso habrían llegado a prohibirlas (en este país, por lo menos). Esto podrá parecerle infantil desde su perspectiva actual, pero el personaje en cuestión debería esforzarse en juzgar con la mentalidad de aquellos años pasados. Ese último hombre debería reírse de nosotros. Pero no lo hará. Se limitará a lamentarse.


EL ULTIMO HOMBRE EN BUENOS AIRES

El último hombre en Buenos Aires debería comenzar con una explosión. Mientras contempla desde la costanera el lecho del río seco, una extensión de detritus que alcanza el horizonte, oye detrás de él un estallido, y ni siquiera se gira para ver de dónde proviene. Se mueve subiendo y bajando de los automóviles abandonados, su vida útil limitada por la poca o mucha nafta que quedó en los tanques. Se desplaza por calles abandonadas, y en su recorrido recuerda algunos eventos sin importancia. Duerme allí donde lo encuentra el cansancio, saquea supermercados, fuma. Pero aun en la más completa soledad es necesario dejar un testimonio de su paso, un testimonio para nadie. Trabajosamente incendia la Biblioteca Nacional e improvisando un pic-nic en las escaleras del Museo Nacional de Bellas Artes contempla su fogata. Si algo debe terminar, que sea completamente, piensa. La hoguera es una rosa, la noche de San Juan es eterna. O inspecciona cadáveres, tratando de descubrir su ocupación pasada. Y busca un perro que le haga compañía. Pero ya no quedan. Encuentra una pancarta que reza: "Queremos cambiar el futuro". Y piensa. "La gente gritaba que quería crear un futuro mejor; era mentira. El futuro era un vacío apático, sin ningún interés para nadie. El pasado, en cambio, estaba repleto de vida. La única razón por la que la gente quería ser amo del futuro era para cambiar el pasado".

De pie, observará un montón de cadáveres apiñados en la puerta de un Banco. En un acto de ternura infalible buscará las llaves del tesoro, abrirá la caja fuerte y depositará sobre los muertos sumas de dinero increíbles, en tono solemne, proclamando en voz alta un discurso lleno de gerundios, diciendo frases mal conjugadas, y concluyendo siempre con un "Que la justicia se haga". Visitará la casa de sus padres, la casa de su novia, la casa de su enemigo. Todo será merecedor del fuego. En la hemeroteca de la Biblioteca del Congreso hojeará diarios viejos, y con ellos cubrirá los cadáveres de los que fueron sorprendidos por la muerte en las salas de lectura. ¿De qué podría ocuparse el último hombre en Buenos Aires? Podría escribir un manifiesto llamando a la defensa del arrodallito primavera o de la cultura, lo mismo da, ambos igualmente indefendibles porque son igualmente invencibles. Y nunca encontrará a su perro.


PROYECTO PARA UNA NOVELA FUTURA

El mundo está por terminar, se nota. Cuando un mundo está por terminar hay estos movimientos, estas contracciones, estos espasmos. En la historia de esta novela futura el personaje sin nombre oteará el horizonte desde un punto alto, provisto de un buen par de largavistas. No se preguntará acerca de la argentinidad, pero sabrá que aun cuando se lo propusiera expresamente, borrar cualquier rasgo de ella sería tan imposible como la defensa de la cultura. En cambio escribirá cartas a destinatarios desconocidos, cartas que depositará en buzones rojos, donde dormirán para toda la eternidad. Es el Robinson Crusoe del vacío, que rige su destino de forma ejemplar. En medio de tanto caos impondrá un caos precario, preocupado porque no vuelva a haber un comienzo, asegurado aun cuando este Adán argentino encuentre a su perro deseado. Repetidas veces irrumpirá en el presente en puntos en que la lógica de la ficción exigiría el tiempo pasado, como para subrayar el hecho de que apunta en concreto a la época y la sociedad de comienzos del siglo XXI. Los libros estarán de más, sólo servirán para hacer fuego. No habrá lectores, pero ¿alguna vez los hubo?

Primero y último, sumará su nombre a la lista de los que se han quedado solos. Y repetirá con el personaje de Arno Schmidt: "Es una suerte que todo haya terminado". Estamos viviendo el ocaso de una civilización. Hay un relato genial de Umberto Eco: "Fragmentos".7 En el IV Congreso Intergaláctico de Estudios Arqueológicos el profesor Anouk Ooma comunica a sus colegas un hallazgo: la catástrofe ocurrida en la Tierra en el año 1980 de la era antigua borró toda huella de vida. Milenios después, cuando la contaminación radioactiva se ha disipado, una expedición arqueológica ha encontrado rastros de una antigua civilización: Italia. Todo lo que ha quedado es una serie de "frágiles e inciertos documentos", como el que parece ser el primer verso de un larguísimo poema: "Me ilumino de inmenso" (en realidad se trata de un poema compuesto por un solo verso escrito por Giuseppe Ungaretti). La poesía italiana del siglo XX de la era antigua fue una poesía de crisis, virilmente consciente del destino en decadencia, como lo atestiguan los siguientes versos hallados: "Giovinezza, giovinezza/ primavera di belleza..." (los primeros versos del himno fascista italiano).

Preocupado por dejar pistas erráticas, la tarea del último hombre en Buenos Aires será la de dejar para la posteridad lejana un testimonio de loo que fue la "gran" literatura argentina: Su broma colosal estará dirigida a los futuros visitantes de otras galaxias. Dejará intactos, custodiados, los que serán la prueba tangible de la altura alcanzada por nuestra cultura. No sé qué elegirá, pero me inclino a pensar que el Himno Nacional Argentino resultaría a sus ojos es más claro ejemplo de ciencia ficción y el ápice de la fantasía argentina. Así quedará asegurada la trascendencia argentina en el futuro lejano. Un mensaje de fe y solidaridad desde el abismo del dolor, belleza, muerte y renacimiento en el que nuestros hijos podrán ver el rostro vago y amado de sus infelices padres.

1 Claudio Magris, "Robinson y los libros", en Ítcaca y más allá, Monte Avila, Caracas, 1998, p. 109.
2 Ibid, p. 109.
3 M.P. Shiel, La nube púrpura, Seix Barral, Barcelona, 1986.
4 Arno Schmidt, Leviatán. Espejos Negros, Minotauro, Barcelona, 2001.
5 Marlene Haushofer, El muro, Siruela, Madrid, 1995.
6 Guido Morselli, Dissipatio H.G., Adelphi, Milán, 1994.
7 Umberto Eco, "Fragmentos", en Diario mínimo, Península, Barcelona, 1973.